Un agujero en la puerta

Puerta

Mi hijo Paúl tenía una nueva licencia de conductor en su cartera.

Regresé a casa por uno o dos días en medio de mis viajes

relacionados con el ministerio, y Paúl me hizo esa pregunta que a

todos los padres “nos encanta” escuchar.

— ¿Puedo usar el auto? — preguntó.

— ¿Para qué? — le pregunté.

— Me gustaría ir a un campamento juvenil en Mountain Lassen.

Yo había diseñado ya un archivo mental lleno de las razones por las

cuales él no debería llevarlo.

— Es un auto nuevo.

— Lo sé.

— Hace pocas semanas que tienes tu licencia de conductor.

— Lo sé.

— El campamento juvenil queda a unos seiscientos kilómetros.

— Lo sé.

— ¿Qué te hace pensar que puedes llevar el auto? — le pregunté finalmente.

— Bueno, quería ir al campamento juvenil — respondió Paúl.

— No puedes llevar el auto nuevo a una distancia de seiscientos

kilómetros para asistir al campamento juvenil—le dije.

— ¡Ah, sí, se me olvidaba! También necesito la tarjeta de crédito.

— No te voy a dar el auto — le repliqué.

— Manejé con un simple permiso durante un año

— razonó en forma correcta.

— Ni me lo preguntes — le contesté—. Dije que no y eso es todo.

No lo quiero escuchar de nuevo.

El caso quedó terminado.

Paúl se dio vuelta y pegó una patada en el piso, enojado y

desilusionado. Caminó por el pasillo hacia su habitación y tomó el

picaporte de la puerta para empujarla y abrirla. Sólo que no movió

del todo el picaporte y la puerta no se abrió.

En ese momento de frustración, Paúl había acumulado demasiado.

Antes de que pudiera pensarlo dos veces, le dio una patada violenta

a la puerta.

Cuando cerró la puerta detrás de sí, vio que le había hecho un agujero.

Yo estaba aún de pie en la cocina, donde acababa de pronunciar mi

decreto. Cuando escuché el ruido, una ola de furia brotó de inmediato

dentro de mí.

Ya le voy a enseñar pensé.

Pero el Espíritu Santo entró, en forma discreta y silenciosa, aunque con

urgencia, y susurró una palabra a mi corazón: “Padres, no provoquéis

a ira a vuestros hijos.” Efesios 6:4

En sólo una fracción de segundo, cambió por completo mi actitud. Un

malestar se apoderó de mí y sentí que las cálidas lágrimas comenzaban

a herir mis ojos por el remordimiento. Fui al garaje, me arrodillé delante

del Señor, y le pedí perdón por lo que le había hecho a mi hijo.

Cuarenta minutos más tarde volví a la habitación de Paúl. El Espíritu

Santo me había humillado.

Abrí la puerta dañada, símbolo sombrío de mi propio autoritarismo.

Grandes palabras, pero un gran pecado. Paúl todavía estaba sentado

en el borde de su cama, con los codos sobre las rodillas, y la cabeza

entre sus manos. Después de cuarenta minutos de nuestro enojoso

altercado, todavía había lágrimas en sus ojos.

Me senté a su lado.

“Padres, no provoquéis

a ira a vuestros hijos.”

Efesios 6:4

— Paúl, he pecado contra ti — le dije con calma —. Soy tu papá,

pero te provoqué a ira. Quiero que sepas que te amo, y te

pido perdón por mi pecado.

Le entregué la tarjeta de crédito y las llaves.

— Puedes ir al campamento.

Fue en esa ocasión que Dios tomó posesión de su vida. En ese campamento de jóvenes recibió su llamado al

ministerio y en la actualidad Paúl es uno de los principales productores cristianos de televisión en el mundo.

Viene a la mente el viejo refrán: “Se requiere un hombre para admitir su error.” Este viejo refrán todavía se

sigue citando después de mucho tiempo, porque sigue siendo la verdad.

Si usted nunca tiene la disposición de aceptar la responsabilidad por sus pecados, y pedir perdón, nunca

podrá conocer la verdadera hombría.

 

Tomado del Libro “Hombría al Máximo” de Edwin L. Cole