¿Ofendido, yo?

 Nina

¿Ofendido, yo?

Imposible es que no vengan tropiezos. —Lucas 17:1

Al viajar por razones de ministerio a lo largo y ancho de los Estados Unidos, he podido observar una de las más mortales y engañosas trampas del enemigo. Es una trampa que atrapa a una innumerable cantidad de cristianos, corta las relaciones y abre aun más las brechas que ya existen entre nosotros. Es la trampa de la ofensa.

Muchas personas no logran cumplir de forma efectiva su llamado debido a las heridas y los dolores que las ofensas han causado en su vida. Ese obstáculo los incapacita para funcionar según la plenitud de su potencial. La mayoría de las veces es otro creyente quien los ha ofendido, y esto hace que la persona que sufre la ofensa la viva como una traición.

En el Salmo 55:12-14, David se lamenta: “Porque no me afrentó un enemigo, lo cual habría soportado; ni se alzó contra mí el que me aborrecía, porque me hubiera ocultado de él; sino tú, hombre, al parecer íntimo mío, mi guía, y mi familiar; que juntos comunicábamos dulcemente los secretos, y andábamos en amistad en la casa de Dios”.

Estas son las personas con las que nos sentamos y con quienes cantamos, o quizá sea el que está predicando desde el púlpito. Pasamos nuestras vacaciones juntos, asistimos a las mismas reuniones sociales y compartimos la misma oficina. O quizá sea alguien aun más cercano. Crecemos con ellos, les confiamos nuestros secretos…dormimos con ellos. Mientras más estrecha es la relación, más grave será la ofensa. El odio más intenso se encuentra entre las personas que alguna vez estuvieron más unidas.

 Los abogados pueden hablar de los peores casos que han manejado, y en su mayoría son los juicios de divorcio. Los medios nos informan continuamente sobre asesinatos cometidos por personas de una misma familia que han llegado a la desesperación. El hogar, que supuestamente debe ser un refugio lleno de protección, provisión y crecimiento, donde aprendamos a dar y recibir amor, muchas veces es la raíz misma de nuestro dolor. La historia nos demuestra que las guerras más sangrientas son las guerras civiles. Hermano contra hermano. Hijo contra padre. Padre contra hijo.

Las posibilidades de ofensas son tan infinitas como la lista de relaciones existente, ya sean sencillas o complejas. Esta antigua verdad aún es válida: sólo las personas a las que amamos pueden herirnos. Siempre esperamos más de ellos; después de todo, les hemos dado más de nosotros. Mientras más grandes son las expectativas, más profunda es la caída.

En nuestra sociedad reina el egoísmo. Hombres y mujeres buscan hoy sólo lo que desean, desatendiendo e hiriendo así a quienes los rodean. Esto no debe sorprendernos. La Biblia dice claramente que en los últimos días los hombres serán “amadores de sí mismos” (2 Timoteo 3:2).  Es de esperar que los no creyentes sean así, pero Pablo aquí no está refiriéndose a los que están fuera de la iglesia… sino a quienes forman parte de ella. Muchos están heridos, lastimados, amargados. ¡Se sienten ofendidos! Sin embargo, no comprenden que han caído en la trampa de Satanás.

¿Es nuestra la culpa? Jesús dijo muy claramente que es imposible vivir en este mundo sin que exista la posibilidad de ser ofendidos. Con todo, la mayoría de los creyentes se sienten conmocionados, asombrados y atónitos cuando esto sucede. Creemos que somos los únicos a los que les ha sucedido.

Esta actitud nos hace vulnerables a que crezca en nosotros una raíz de amargura. Por lo tanto, debemos estar preparados y armados para enfrentar las ofensas, porque la forma en que respondamos a ellas determinará cómo será nuestro futuro.

LA TRAMPA DEL ENGAÑO

La palabra griega que se utiliza en el texto de Lucas 7:1 para aludir al tropiezo (ofensa) deriva de la palabra skandalizo. Esta palabra se refería originalmente a la parte de la trampa en la que se colocaba la camada. De allí que la palabra signifique algo así como colocar una trampa en el camino de una persona. En el Nuevo Testamento muchas veces se utiliza para referirse a una trampa colocada por el enemigo. La ofensa es una herramienta del diablo para llevar cautivas a las personas. Pablo instruía al joven Timoteo, diciéndole:

Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él. 2 TIMOTEO 2:24-26

Aquellos que luchan o se oponen caen en una trampa y son hechos prisioneros de la voluntad del diablo. Lo más alarmante es que no son conscientes de su estado. Como el hijo pródigo, deben volver en sí mismos y despertar para poder entender cuál es su verdadera situación. No comprenden que están vertiendo agua amarga en lugar de agua pura. Cuando una persona es engañada, cree que tiene la razón, aunque no sea así.

No importa cuál sea la situación, podemos dividir a todas las personas ofendidas en dos grandes categorías:

(1) los que han sido tratados injustamente y

(2) los que creen que han sido tratados injustamente.

Los que corresponden a esta segunda categoría creen con todo su corazón que han sido tratados de forma injusta. Muchas veces, han sacado sus conclusiones basándose en una información inexacta. O su información es exacta, pero la conclusión está distorsionada. Sea cual sea el caso, se sienten heridos y su entendimiento está oscurecido. Juzgan basándose en presunciones, apariencias y comentarios de terceros.

Por John Bevere (tomado del libro La Trampa de Satanás)