Lo primero es lo primero


Primero-lo-primeroGotas de sudor bajaban por la espalda de Gedeón y caían de su rostro mientras respiraba entrecortadamente. Había estado corriendo toda la mañana golpeando el trigo fresco que había sobre el suelo del lagar. El sol de fines de primavera resplandecía intensamente, mientras se agachaba y trataba de salvar una cantidad de trigo insignificante

Él había hecho otros planes para la mañana. Pero todo eso cambió repentinamente ayer, cuando horrorizado vio los movimientos de los madianitas, que habían unido sus fuerzas con los temibles amalecitas. Como un enjambre de langostas con impecable sincronización, el ejército enemigo se precipitó por el valle, pisoteando y quemando hasta el más mínimo grano maduro.

Aunque era un nuevo día, estaba, mezclado con los mismos viejos sentimientos. Mientras golpeaba el trigo con los puños y miraba a su alrededor de vez en cuando, Gedeón no podía todavía creer en tal devastación. Su adolorido corazón latía con fuerza, más amargamente con cada latido. Ahora los israelitas morirían de hambre si no se convertían en rebuscadores y se daban prisa para salvar lo poco que quedara. Todo era tan duro, tan agotador. Exhausto, Gedeón se inclinó para recuperar el aliento. Levantó la mirada y vio a lo lejos a un hombre que estaba sentado tranquilamente debajo de una encina. Qué agradable debe ser reposar bajo la sombra fresca, pensó Gedeón mientras trataba de salvar un poquito del grano. Ceñudo, pero con curiosidad, caminó hacia el desconocido. “Jehová está contigo, varón esforzado y valiente”, dio voces el extraño.

¿Quién será este sujeto?, se preguntó, entrecerrando los ojos para escudriñarlo. Evidentemente que no es de aquí. ¿Cómo puede decir que el Señor está conmigo? ¿Es que no ve los campos arruinados a mi alrededor?

Gedeón apuntó hacia la devastación y le preguntó al forastero si el Señor estaba con Su pueblo ahora. Gedeón no podía creer lo que oyó. El extraño le ordenó que librara a Israel de los madianitas, algo en lo cual Gedeón había estado fantaseando todo el día. Pero él sabía que tan enorme batalla sería imposible para él con sus propias fuerzas. ¿Es que Dios, después de todo, había oído el clamor de Israel? ¿Podía este extraño ser el mensajero de Dios, el ángel del Señor? “Entonces le respondió: Ah, señor mío, ¿cómo salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre” (Jueces 6:15).

Gedeón siempre había sido un poco escéptico. Tenía que estar seguro de que verdaderamente se trataba del ángel del Señor. Le rogó que no se marchara, mientras preparó apuradamente una comida con pan y carne para el desconocido. De repente, un fuego consumió la comida. Inmediatamente se dio cuenta de que había estado hablando con el Señor, ¡lo que significaba sin duda que Gedeón sería quien libraría a Israel de los terribles madianitas y amalecitas! Terminó de convencerse de la identidad del forastero por las instrucciones que recibió. En vez de darle una orden inmediata para que organizara un ejército, el Señor mandó a Gedeón a que destruyera el altar a Baal y a la imagen de Asera que estaba junto a él, que pertenecían a su padre. Primero, lo primero.

Las imágenes dolorosas de sus seres amados languideciendo de hambre ya no ocuparían su mente. Habían sido sustituidas por un plan tranquilizador y organizado para librar la casa de su padre y a su pueblo del pecado que impidió que el Señor los salvara. Ese pecado la adoración de otros dioses delante del único Dios verdadero, Aquel que los había librado en tantas ocasiones anteriores. A medida que avanzaba aquel grandioso día, el aplastante calor que lo había debilitado cuando trabajaba con sus propias fuerzas, dio paso a un suave y fresco manto de aire nocturno y a la alentadora presencia del Señor. Ahora había prioridades. El Dios de Gedeón era un Dios de orden.

Es bien conocido el relato de la victoria de Gedeón sobre los enemigos de Israel, con apenas unos pocos hombres. Sin embargo, muchas veces no notamos, la victoria que hubo antes de la victoria, tal como aparece registrada en el capítulo 6 de Jueces. Dios no iba a utilizar a Gedeón para librar a Israel de Madián y de los amalecitas, hasta que él destruyera el altar de Baal que tenía su padre. El Señor tenía que hacer que Israel quitara sus ojos de Baal y los volviera a Él. Sólo así podría utilizar a Gedeón, para que éste organizara el ejército adecuado dirigido por Dios para derrotar a los madianitas.

Aunque temía represalias de la casa de su padre, Gedeón tenía confianza en que Dios lo guardaría del peligro. Tenía una tarea divina que finalmente lo salvaría, de sus enemigos, a él, a su familia, a su pueblo y a su nación. La responsabilidad de Gedeón era obedecer. La de Dios, los resultados.

La lección de Gedeón sigue hablando hoy. Dios espera que nosotros, anhela que nosotros, veamos los efectos devastadores del pecado y que reaccionemos con indignación contra los funestos ídolos que hay en nuestras vidas. Por medio de Su Palabra y de Su delicada voz, el Señor nos llama a salir del lagar de la amargura y a encontrar descanso en Su dulce abrazo. Dios nos insta a enfocarnos en Él solamente, a confiar totalmente en sus instrucciones, y a gustar y ver que el Señor es bueno