Agradar a Dios

Santidad

Con el amor de Dios como fundamento, avancemos y hablemos de agradarle. No podemos hacer una sola cosa para que Dios nos ame más de lo que Él nos ama ya, y, por el contrario, no podemos hacer una sola cosa para que Él nos ame menos. Sin embargo, al igual que yo les dije a mis cuatro hijos, nosotros somos responsables de cuánto se agrada Dios de nosotros. Su agrado de nosotros está basado en nuestras elecciones en la vida. Por eso Pablo escribe con términos muy claros: “Por tanto procuramos también… serle agradables” (2 Corintios 5:9).

Examinemos de cerca las palabras de Pablo. La palabra procuramos sencillamente significa que tenemos como meta. La Nueva Versión Internacional dice exactamente: “Nos esforzamos…” ¡Nuestra meta en la vida como hijos de Dios debería ser agradar a nuestro Papá!. La palabra agradables viene de la palabra griega euarestos. La Concordancia Strong’s define esta palabra precisamente como está traducida: “agradables”. La palabra que utiliza Pablo significa agradar mucho. “Promedio” no debería ser nuestra meta a la hora de causar deleite a Dios. Deberíamos ser apasionados en nuestra búsqueda de agradarle mucho a Él.

Examinemos la afirmación de Pablo en la Nueva Traducción Viviente: “nuestro objetivo es agradarlo a él”. Esa debería ser la fuerza motivadora en la vida de cada uno de nosotros. Ninguna otra cosa debería tomar preeminencia sobre este propósito. Si vivimos con esta meta suprema como estándar de nuestra vida, entonces se producirán dos cosas: gozo abundante y realización completa.

Como seres humanos tenemos un deseo innato de agradar a nuestro padre y nuestra madre. Esto es sólo un reflejo de nuestro deseo más verdadero, que es agradar a nuestro Padre celestial. Nuestro motivo principal para agradar a Dios está impulsado por nuestro amor por Él. ¡Le adoramos porque Él nos amó primero y llenó nuestros corazones con su amor! Como un hijo de Dios verdadero, su mayor satisfacción llega cuando usted sabe: Dios se agrada de mí. Si caminamos en este conocimiento, nada puede sofocar ese gozo.

El segundo beneficio de buscar esta meta suprema es que seremos grandemente recompensados. ¿Le suena eso cuestionable; quizá egoísta? Sin embargo, lograr una gran recompensa es la razón exacta por la que Pablo nos exhorta a agradar a Dios y él lo desarrolla en el versículo siguiente. Pero antes de examinarlo, regresemos al versículo anterior para saber a quién le está escribiendo Pablo: “Pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor (2 Corintios 5:8).”

Sabemos por este versículo que Pablo no está hablando a toda la humanidad sino sólo a creyentes en Jesucristo, porque cuando una persona que no está comprometida con el señorío de Jesucristo parte de este mundo en la muerte física, él o ella no están en la presencia del Señor sino en el infierno. La Palabra de Dios lo deja muy claro: hay sólo dos lugares donde una persona puede ir después de abandonar el cuerpo: el cielo o el infierno. No hay ningún paraíso de vírgenes, purgatorio, limbo, reencarnación, estado superior, ni cosas parecidas. Hay solamente un cielo muy real y un infierno muy real.

Al decir esto no es mi intención ser duro o crítico, sino solamente afirmar los hechos. Debemos recordar que Jesús dijo: “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él”, porque el mundo “ya ha sido condenado” (Juan 3:17-18). ¡Gracias a Dios! Jesús nos salvó de aquello a lo que nos habíamos condenado a nosotros mismos.

Sé que muchas personas se inquietan por la pregunta: “¿Por qué un Dios amoroso iba a enviar a hombres y mujeres al infierno?”. Hay varias facetas en esta pregunta. En primer lugar, tenga en mente que el infierno no fue creado para los hombres y las mujeres sino para Satanás y sus huestes. Jesús lo dejó muy claro cuando dijo a quienes no vivían para Él: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mateo 25:41). Este importante hecho aclara por qué Dios tuvo que comprarnos de nuevo. Dios ciertamente es amor, pero también es justo. Él nunca miente ni tuerce las reglas, por así decirlo. Si Él lo hiciera, entonces ya no sería Dios, porque Dios “no miente” (Tito 1:2).

El hombre fue legalmente condenado al infierno porque él se entregó a sí mismo al señor del pecado, Satanás, en el huerto de Edén. Cuando lo hizo, se convirtió en un esclavo del pecado y fue condenado a sus consecuencias: el mismo destino de su nuevo amo. Si Dios hubiera de mitigar el castigo por el pecado por causa del hombre, entonces Él no sería justo con Satanás. Satanás podría entonces acusar con razón a Dios de torcer las reglas para la humanidad, comportándose así de manera injusta. Dios no puede ser parcial en el juicio porque su carácter es el fundamento de quién es Él. Como resultado, la humanidad tuvo que recibir exactamente el mismo juicio que Satanás y sus ángeles. Por ese motivo, Dios tuvo que trazar un plan para salvar a la humanidad de lo que ellos provocaron sobre sí mismos y sobre su descendencia. Por eso Jesús tuvo que morir por nosotros. Jesús nació siendo 100 por ciento Dios, y así era libre de la maldición del pecado. Pero debido a que también nació siendo 100 por ciento hombre, pudo pagar el precio del mayor pecado del hombre contra Dios. Solamente otro ser humano podía sacarnos del juicio que habíamos provocado sobre nosotros mismos. Por ese motivo, cuando Jesús se hizo pecado en la cruz por causa de nosotros, clamó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46). Él tomó nuestro castigo. Él tomó nuestro lugar con respecto al juicio.

Por tanto, fue por un hombre, Adán, como el pecado recayó sobre toda la humanidad, pero fue por un Hombre, Jesucristo, como la salvación de esa muerte quedó a disposición de todos. La Escritura lo dice con claridad: “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida (Romanos 5:18).”

Así, cuando hombres y mujeres entregan sus corazones y vidas al señorío de Jesús, la propiedad legal de Satanás es rota, y el juicio contra ellos por parte de Dios queda totalmente satisfecho. Dios Padre puede justamente otorgarnos entrada a su reino sin violar su integridad. ¡Qué extraordinario plan preparado por nuestro increíble Dios!

¿Ha entregado usted su vida a Jesucristo como Señor?

Tomado del libro “Extraordinario” por John Bevere